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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-03-02
Words:
712
Chapters:
1/1
Hits:
0

Rosa

Summary:

Hannah le regala una orquídea a Debra.

Notes:

Tengo sueño...

Work Text:

Hannah era florista, se dedicaba a llevar directamente plantas frescas a la tienda principal en frente de las playas de Miami. Tenía un don innato para crear vida, cosa que le resultaba irónica a Debra. 

 

En especial ahora que tenía enfrente suyo una planta extraña en una maceta simple. Hannah la sostenía entre sus manos con ternura como si eso borrará el hecho de que estaba en frente de su casa por la noche. O bien, el hecho de que era una asesina y no una simple chica de al lado (next door girl).

 

—¿Qué es eso? —preguntó Debra, mirando con gracia a Hannah.

 

—Una ofrenda de paz.

 

Debra no se molestó en seguirle el juego e hizo un pequeño chasquido con su boca y observó el panorama, tratando de no reírse en su cara. 

 

—¿De verdad crees que voy a aceptar algo de ti?

 

—Dexter tiene una igual, no son venenosas.

 

—Es bueno saberlo, Hannah Mckay.

 

Hannah cerró sus ojos por un segundo, Debra tenía el talento de hacer sonar lo que sea como un insulto.

 

—Puedes dejarla afuera, no necesita ningún cuidado especial. Siempre y cuando esté en la sombra.

 

—Claro y cuando menos moriré en la puerta de mi puta casa, el crimen perfecto. No, gracias.

 

Y aún así la planta encontró un rincón en la vida de Debra. Luego de casi morir, de llevar a Hannah a la cárcel, de sufrir una y otra vez por su hermano… la flor se mantuvo quieta cerca del portal de la casa, con la garantía de conseguir sol luego del mediodía y la ocasional regada cuando Debra pasaba con una botella de agua a punto de acabarse.

 

Por mucho que era regalo de una asesina, no podía ignorarla. Arrugaba la cara cada vez que pasaba por accidente cerca de su maceta. Era una orquídea rosa, destacaba entre el café del lugar. 

 

Era como un niño mal nacido, no tenía idea de los crímenes de sus padres. Y por mucho que Debra lo insultaba las palabras no rebotaban en ningún lado.

 

Debra no tuvo que inventar muchas excusas al respecto, después de todo era sólo una estúpida planta. ¿A quién se la iba a encargar? ¿Quinn? ¿Dexter?

 

Se acostó en el sofá, incapaz de pensar en profundidad al respecto. Así fue como llegó a su actual predicamento: el diablo viviendo en su hogar.

 

Hannah llegó a su casa, con zapatos caros, un bolso de marca y una postura inocente. 

 

—No la tiraste.

 

Fue una simple confirmación pero levantó un manto en la mente de Debra. A cuál solo hizo la vista gorda.

 

—No —respondió.

 

Ahora con su inquilina creando y deshaciendo en su hogar era de esperar que la flor vibrará más. En especial ahora que residía en la mesa principal junto a la cena que Hannah ahora preparaba. Ellas no acordaron nada, Debra nunca exigió que prenda la estufa. Hace un par de meses se hubiera echado a carcajadas si alguien le dijera que comía de la misma mano que manejaba veneno de ratas. Aún así, se aseguró de llegar, sentarse y saborear nuevas recetas. 

 

—Me alegra que te guste —comenzó Hannah, sus cubiertos descansando al lado del plato, un ligero rosa de la orquídea se reflejaba en el acero.

 

—Sí, mejor que la comida callejera sin duda.

 

Deb se limpió las manos y el silencio permitió que el sonido de los cubiertos contra los platos siendo alzados trajera memorias a su mente. Vagos, nostálgicos.

 

Hannah no tardó en volver a la mesa y de pronto envolvió sus manos en las de Debra.

 

Las manos de Hannah eran increíblemente suaves. Emanaba un olor floral y Debra ignoraba cual, eran malditas flores y estaban lastimando su razonamiento. 

 

—Gracias, por todo —dijo Hannah.

 

Sus mejillas se llenaron al sonreír, su cabello caía con gracia y sus pechos se veían más redondos que de costumbre.

 

—Sí, está bien —fue todo lo que pudo conjurar Debra, embriagada por lo que sea que haya puesto su invitada en la comida.

 

Una última pizca de carisma y se retiró.

 

Debra no le gustaba quedarse sin aire, sin que decir. Tampoco el rebobinar de su corazón.

 

Aunque dentro suyo resonó la voz neutra de su olvidada doctora. Era verdad que tenía un serio problema con las personas indispuestas.